viernes, 9 de diciembre de 2022

BUENOS AIRES Y LOS PORTEÑOS

 

BUENOS AIRES

 

 

Buenos Aires es una bella mujer, pero mal vestida. O mal peinada. O mal pintada.

Es una pena. «Porque tendría todo para ser linda.»

 Buenos Aires es azul y rosa, de matices claros y puros. El cielo de noviembre es del mismo azul que las fajas de las banderas que flotan en el viento liviano. Las siluetas delicadas de los jacarandas destacan su corteza casi negra sobre el rosa de las paredes para estallar en cornetas lavanda.

 Buenos Aires tiene ladrillos rosas y polvo fino en el aire seco como en Toulouse algunos días de verano. Como en Toulouse, se anda en las aceras reventadas por los tubos de gas y, como en Toulouse, España empuja un poco su cuerna.

 Las terrazas de los bares son animadas, numerosas y acogedoras. Las salas sombrías con la barra lustrosa zumban como colmenas por el vaivén de los mozos, por el sonido de las teles, por las charlas de los clientes.

 Buenos Aires a pesar de sus rascacielos de vidrio no es Big Apple, no es una manzana, es un pastel grueso.

O mejor el escaparate de una pastelería como se encuentran muchas en las calles del Centro.


Escaparate de una pasteleria en una calle del Centro, quizas Lavalle o Reconquista


La Casa Rosada es delicada, toda de nata cincelada, imponente sin ser majestuosa.

Es un palacio para una mujer, Evita o Cristina. ¿Republica de opereta?

Los monumentos conmemorativos también se parecen a los pasteles argentinos: Han querido hacerlos hermosos y serios y han puesto demasiado.

La Casa Rosada desde  Avenida Colon



LOS PORTEÑOS

 

 

 

Los Porteños están en representación en la calle.

Pasan sin darse prisa porque el tiempo es para todos, no se necesita ganarlo, se puede, se debe gastarlo. Toman su tiempo para saludarse, para charlar, para esperar. Delante de los bancos, se ponen en fila sin atropellarse, sin impacientarse.

En el restaurante también hay que esperar porque el mozo no ira más de prisa. Los gestos son moderados y las cosas se encadenan hasta el ritual de la cuenta.

Se la pide, llega y el importe es anunciado en voz alta. Hay que averiguar, encontrar el cambio. Quizás no lo tienes, el mozo tampoco. Se va, vuelve. Después tienes que calcular la propina, encontrar otro cambio, contar de nuevo, y cuando todo está arreglado, puedes marcharte. Sin darte prisa.

 

En Argentina, la gente se parece a lo que es realmente: una ama de casa yendo de compras, un cartonero que escoge la basura, un empleado o un ejecutivo.

La condición está establecida y no se moverá. ¿Por qué cambiar? Cuando me asombro de la organización de las actividades de los cartoneros, Federico me contesta: «Han elegido esta forma de vida.» ¿Hay fatalismo, dureza, realismo o idealismo en la actitud del joven arquitecto? Esta aquí para desempeñar el papel que le ha sido atribuido y no lo cambiara.

Al principio, no pienso en preguntarle cuales otras opciones hubieran podido elegir, según él. Los Argentinos que conozco sin embargo no tienen sangre india para que corra la resignación y la sumisión instintivas que les otorgaban los conquistadores.

Todos son de origen europeo, la mayoría española o italiana. Sombríos de pelo y de piel, y de dientes blancos, el arquetipo del Latino: Por supuesto seductores, amables, cálidos. El tuteo esta generalizado, así como el uso del nombre de pila. En cuando nos conocemos, la familiaridad se establece, pero conservando los códigos de la cortesía y de los usos sociales. Y para saludarse el tradicional abrazo con un solo beso. Tantas veces como nos vemos en un solo día.

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