jueves, 5 de enero de 2023

DOS POSTALES DE ARGENTINA

 

LA PATAGONIA 

 

Patagonia es vacía y desolada. Pero no es petrificada. Porque se sabe que a cada momento va a encontrar una huella de vida: animales salvajes o domésticos aparecen de repente: unos corderos, caballos que vienen de no se sabe dónde. Dos guanacos. Aves. Pocas veces una ganadería guiada por un gaucho.

 

El relieve puede ser llano al infinito, pero ocurre que una serie de cerros tabulares, una ondulación del terreno quiebren el horizonte.

Luego vuelve la línea recta. Recta del horizonte en cada lado de la ruta, rectas perpendiculares de los palos y de los alambres, que van por la orilla de la carretera, rectas de los hilos eléctricos paralelos. La curva es excepción en este universo lineal.

 

Pero la Patagonia está viva. Vive de esta esperanza, de esta promesa de un próximo encuentro.  Hay un último cabo, no hay fin del mundo.

 

Los colores de Patagonia son blandos y matizados. No son vivos ni apagados. ¿Podría un pintor restituir los tonos delicados del azul del cielo austral, del turquesa del Lago Argentino, del verde de los zarzales marchitos, y añadir el amarillo de las flores de calafate y el sorprendente bermejo de los matorrales?

 

La monotonía y la monocromía solo son aparentes a primera vista porque la vida no estalla, se agacha y respira lentamente.

 

El paisaje patagónico puede ocasionar angustia o serenidad.
dos guanacos



TANGO EN SAN TELMO

 

Es verdad que el tango tiene algo triste. Como esa pareja de bailarines evolucionando interpretando en un tablado de cuatro metros cuadrados un domingo por la mañana Plaza Dorrego en San Telmo, el «Montmartre» porteño.

 

Ya hace calor y están vestidos pasados de moda, de ropa marchita pero atildada. El hombre lleva un sombrero bien apretado y la mujer esta peinada y maquillada cuidadosamente. Debajo del maquillaje espeso, la frente se cubre de gotas de sudor y las mejillas arrugadas están tensas por la concentración que el baile exige. Uno de los músicos canta «Cambalache» y dan vueltas, y se asoman y sus pies nunca salen del cuadrado. Los turistas les rodean en tres lados buscando la mejor posición para apoyar en los disparadores.
Eternos?

 

Cuando se acaba la canción se incorporan y sonríen. Él la retiene por la cintura, ella tiene una mano en el hombro de su galán. Son elegantes y patéticos. No me hubiera gustado ver a mis propios abuelos bailar en público para turistas.

Busco un sombrero, una caja en el suelo para echar un billete y no veo nada. Los turistas están demasiado apretados. Mala suerte. Ya el tango siguiente. La pareja se coloca de nuevo en el centro de su cuadrado. Me alejo un poco nostálgico. Levanto los ojos hacia las fachadas leprosas, los carteles que se desprenden.

 

San Telmo no solo es una cita para turistas buscando color local y recuerdos baratos. Aquí se puede pasar la puerta invisible que permite entrar en las páginas del libro o las imágenes de la película como en un escenario de Woody Allen y encontrarse por entre los personajes de la historia.

En San Telmo yo también, por un momento, fui Porteño.


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