DOS POSTALES DE ARGENTINA
LA PATAGONIA
Patagonia es vacía y desolada. Pero no es petrificada.
Porque se sabe que a cada momento va a encontrar una huella de vida: animales
salvajes o domésticos aparecen de repente: unos corderos, caballos que vienen
de no se sabe dónde. Dos guanacos. Aves. Pocas veces una ganadería guiada por
un gaucho.
El relieve puede ser llano al infinito, pero ocurre
que una serie de cerros tabulares, una ondulación del terreno quiebren el
horizonte.
Luego vuelve la línea recta. Recta del horizonte en
cada lado de la ruta, rectas perpendiculares de los palos y de los alambres,
que van por la orilla de la carretera, rectas de los hilos eléctricos
paralelos. La curva es excepción en este universo lineal.
Pero la Patagonia está viva. Vive de esta esperanza,
de esta promesa de un próximo encuentro.
Hay un último cabo, no hay fin del mundo.
Los colores de Patagonia son blandos y matizados. No
son vivos ni apagados. ¿Podría un pintor restituir los tonos delicados del azul
del cielo austral, del turquesa del Lago Argentino, del verde de los zarzales
marchitos, y añadir el amarillo de las flores de calafate y el sorprendente
bermejo de los matorrales?
La monotonía y la monocromía solo son aparentes a
primera vista porque la vida no estalla, se agacha y respira lentamente.
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| dos guanacos |
TANGO EN SAN TELMO
Es verdad que el tango tiene algo triste. Como esa
pareja de bailarines evolucionando interpretando en un tablado de cuatro metros
cuadrados un domingo por la mañana Plaza Dorrego en San Telmo, el «Montmartre»
porteño.
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| Eternos? |
Cuando se acaba la canción se incorporan y sonríen. Él
la retiene por la cintura, ella tiene una mano en el hombro de su galán. Son
elegantes y patéticos. No me hubiera gustado ver a mis propios abuelos bailar
en público para turistas.
Busco un sombrero, una caja en el suelo para echar un
billete y no veo nada. Los turistas están demasiado apretados. Mala suerte. Ya
el tango siguiente. La pareja se coloca de nuevo en el centro de su cuadrado.
Me alejo un poco nostálgico. Levanto los ojos hacia las fachadas leprosas, los
carteles que se desprenden.
San Telmo no solo es una cita para turistas buscando
color local y recuerdos baratos. Aquí se puede pasar la puerta invisible que
permite entrar en las páginas del libro o las imágenes de la película como en
un escenario de Woody Allen y encontrarse por entre los personajes de la
historia.
En San Telmo yo también, por un momento, fui Porteño.


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